Desde hace muchos años, el Panama Jazz Festival forma parte de mi calendario personal. Hubo una época en la que fui voluntario y tuve la oportunidad de trabajar de cerca con Patricia Zárate y Danilo Pérez; allí entendí que este encuentro no se vive solo como espectador, sino como alguien que aprende a escuchar. El jazz, con sus texturas, sus silencios y su manera de dialogar a través del sonido, se convierte en un lenguaje compartido que atraviesa generaciones.
Quienes solo asisten al gran concierto gratuito del sábado en el Cuadrángulo Central de Ciudad del Saber quizá no alcanzan a ver la dimensión completa del festival. Durante la semana, la ciudad se llena de clínicas, talleres, intervenciones musicales en pequeños espacios y noches memorables en el Ateneo. Es allí donde se entiende que el Panama Jazz Festival no es solo un evento, sino una plataforma educativa y cultural que este año reunió a más de 170 artistas y realizó más de 40 actividades formativas.




Este año tuve el privilegio de entrevistar a Danilo Pérez y a John Patitucci. Entre preguntas sobre música y trayectoria, no pude resistirme a una que ya es marca de la casa: su plato favorito. Patitucci respondió sin dudar: el sancocho, seguido del ceviche panameño. También conversé con Javier Arau, director musical de la New York Jazz Academy, cuya energía contagiosa marcó la noche de gala y recordó que el jazz, además de disciplina, es conexión humana.
Los conciertos en el Ateneo fueron, como siempre, mágicos. La presentación de Tia Fuller fue especialmente reveladora: verla interactuar con músicos jóvenes y en formación resumía perfectamente el espíritu del festival. Aquí no hay espacio para el “gatekeeping”; el conocimiento se comparte con generosidad y el estudiante escucha con hambre genuina de aprender. Esa transmisión amorosa entre generaciones es quizá el mayor legado que se respira en cada escenario.




El cierre del festival reunió a más de 8 mil personas y dejó uno de los momentos más significativos: la entrega de becas internacionales y nacionales a jóvenes talentos, incluyendo apoyos de Berklee College of Music y el New England Conservatory, además de becas del Ministerio de Cultura para la Maestría en Musicoterapia Global. También se rindió homenaje al legado del saxofonista panameño Gladston “Bat” Gordon, recordándonos que el jazz en Panamá tiene raíces profundas y nombres que merecen ser celebrados.
Para Living Panamá, este festival ocupa un lugar especial. Fue uno de los primeros eventos que confió en nosotros y este año volvimos a estar presentes con nuestras revistas y el photobooth que ya es favorito del público. Nos sentimos honrados de acompañar un encuentro que, más allá de la música, habla de educación, comunidad y futuro. Porque el jazz, al final, es un idioma que todos entendemos… y Panamá lo habla con una calidez que trasciende fronteras.





